Nóaj terminó en Jarán, con una lista de nombres que llega hasta Avram (Bereshit 11:26–32). Esta semana el último nombre de la lista oye dos palabras que la tradición no ha dejado de leer: lej lejá. Y la parashá se lee este año el 13 de Marjeshván, en el mes cuyo mazal es Akráv, en la semana en que la Torá discute de frente si las estrellas deciden.
«Y dijo el Eterno a Avram: Vete, de tu tierra, y de tu lugar de nacimiento, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré.» Bereshit 12:1
«Vete para ti»
Lej lejá dice literalmente «vete para ti», y Rashi lo lee así: para tu provecho y para tu bien; allí te haré una gran nación, y aquí no merecerás tener hijos; y además daré a conocer tu naturaleza en el mundo (Rashi sobre Bereshit 12:1). La orden no empieza por el destino, que todavía no tiene nombre —«la tierra que te mostraré»—, sino por algo que en el lugar donde está no puede pasar.
El Talmud convierte esa frase en una regla. Rabí Yitzjak enseña que cuatro cosas rasgan el decreto que pesa sobre una persona: la tzedaká, el clamor, el cambio de nombre y el cambio de obras. Y hay quien dice: también el cambio de lugar, porque está escrito «vete de tu tierra» y después «te haré una gran nación». Rabí Yitzjak no lo cuenta, y la Guemará explica por qué: lo que le valió fue el mérito de la Tierra de Israel (Rosh Hashaná 16b). Para unos, a Avram lo cambió el viaje; para otros, la tierra a la que llegó.
Y el viaje cuesta. Rashi explica por qué el versículo siguiente promete tres cosas: el camino causa tres daños: reduce la descendencia, reduce el dinero y reduce el nombre; por eso Avram necesitó tres bendiciones, sobre los hijos, sobre el dinero y sobre el nombre (Rashi sobre Bereshit 12:2). Y además ya había salido una vez: había llegado con su padre hasta Jarán. Lo que se le pide ahora es alejarse todavía más, y salir de la casa de tu padre (Rashi sobre Bereshit 12:1–2).
El palacio iluminado
¿Por qué a él? El Midrash abre la parashá con un versículo de los Salmos —«escucha, hija, y mira, e inclina tu oído; olvida a tu pueblo y la casa de tu padre» (Tehilim 45:11)— y una parábola. Alguien pasaba de un lugar a otro y vio un palacio dolék: iluminado, o en llamas, porque la palabra hebrea admite las dos lecturas. Y dijo: ¿será que este palacio no tiene quien lo gobierne? El dueño del palacio se asomó y le dijo: yo soy el dueño del palacio. Así Avraham decía: ¿será que este mundo no tiene quien lo gobierne? Y el Santo, bendito sea, se asomó y le dijo: yo soy el dueño del mundo (Bereshit Rabá 39:1).
La llamada no le llega a alguien distraído. Le llega a alguien que estaba haciendo una pregunta en voz alta, delante de un mundo que brillaba —o que ardía— y que no se explicaba solo.
La balanza que no pudo pesar una tierra
El Zohar cuenta la misma búsqueda con instrumentos. El Santo, bendito sea, le dio a Avraham un espíritu de sabiduría: conocía y examinaba las regiones del mundo habitado, las observaba y las pesaba en la balanza, y conocía las fuerzas que están designadas sobre cada región. Cuando llegó al punto central del mundo habitado, lo pesó y no le daba resultado; quiso conocer la fuerza designada sobre él y no pudo. Lo pesó muchas veces y vio que de allí se plantó el mundo entero, y que la fuerza que está sobre ese punto no tiene medida, es profunda y oculta, y que de ella salen todas las fuerzas designadas sobre los demás lados del mundo, y todas están sujetas a ella. Entonces, concluye, «salieron con ellos de Ur de los caldeos para ir a la tierra de Kenáan» (Zohar, Lej Lejá 5:22–25; Bereshit 11:31).
El Zohar no presenta a Avraham como enemigo de la ciencia del cielo de su tiempo, sino como su mejor practicante: pesó cada región y conoció a su regente. Lo que lo puso en camino no fue rechazar el cálculo. Fue encontrar el único lugar donde el cálculo no daba resultado.
«Lej lejá» vale cien
Y el Zohar se fija en el número de la primera frase. Rabí Shimón pregunta por qué la primera revelación a Avraham empieza precisamente con lej lejá, y responde: porque en su cuenta alude a cien, ya que a los cien años le nació un hijo (Zohar, Lej Lejá 9:62). Lamed y jaf, treinta y veinte, dos veces: cien. Avram tenía setenta y cinco años cuando salió de Jarán (Bereshit 12:4); Avraham tenía cien cuando nació Yitzjak (Bereshit 21:5). La primera palabra ya traía escrita la fecha en que se cumpliría, veinticinco años antes.
Nóaj contó el año en que los astros no sirvieron y una torre levantada sobre un cálculo. Esta semana alguien mira las estrellas, saca bien la cuenta, y le piden que salga de ella. Leer el comentario de Nóaj →
«Sal de tu astrología»
«Y lo sacó afuera, y dijo: Mira ahora hacia el cielo y cuenta las estrellas, si puedes contarlas. Y le dijo: Así será tu descendencia.» Bereshit 15:5
El Talmud lee ese «afuera» como un argumento. Rav enseña que de ahí se aprende que no hay mazal para Israel: Avraham dijo ante el Santo, bendito sea, «Señor del mundo, miré en mi astrología, y no soy apto para engendrar un hijo». Y Él le respondió: «Sal de tu astrología, que no hay mazal para Israel» (Shabat 156a).
Rashi trae las dos lecturas. Según el sentido simple, lo sacó de su tienda afuera para ver las estrellas. Según el midrash, le dijo: sal de tu astrología, en la que viste por los mazalot que no ibas a tener un hijo. Avram no tiene hijo, pero Avraham tiene hijo; Sarai no dará a luz, pero Sará dará a luz. Yo los llamo con otro nombre, y el mazal cambia. Y una tercera: lo sacó del espacio del mundo y lo elevó por encima de las estrellas, y por eso dice «mira» con el verbo habét, que es mirar de arriba abajo (Rashi sobre Bereshit 15:5, a partir de Bereshit Rabá 44:12).
Rashi no dice que Avraham hubiera leído mal su cielo. Lo leyó bien: Avram, con ese nombre, no iba a tener hijos. Lo que cambia no es el cielo. Es quién está debajo de él.
¿Hay mazal para Israel?
La Guemará no cierra la pregunta: la deja abierta en la misma página. Rabí Janiná dice: el mazal da sabiduría, el mazal da riqueza, y hay mazal para Israel. Rabí Yojanán dice: no hay mazal para Israel, y lo prueba con el profeta: «no aprendan el camino de las naciones, y de las señales del cielo no se espanten, porque las naciones se espantan de ellas» (Yirmiyahu 10:2) — ellas se espantarán, y no Israel (Shabat 156a). Después reúne, una tras otra, historias de pronósticos de astrólogos caldeos que no tuvieron la última palabra (Shabat 156b).
Y otro pasaje recuerda que esa ciencia estaba en el propio Avraham. Rabí Elazar HaModaí dice: había astrología en el corazón de Avraham nuestro padre, y todos los reyes del oriente y del occidente madrugaban a su puerta. Rabí Shimón bar Yojái dice: una piedra preciosa colgaba del cuello de Avraham nuestro padre, y todo enfermo que la veía se curaba enseguida; y cuando Avraham partió del mundo, el Santo, bendito sea, la colgó en la esfera del sol (Bavá Batrá 16b).
Este sitio ofrece una carta natal construida sobre el mazal del mes hebreo. Esta parashá es la mejor prueba para una herramienta así, y la tradición no le ahorra la tensión: sostiene a la vez a Rabí Janiná y a Rabí Yojanán. Rashi da la llave para leerlas juntas: el mazal describe a Avram; no ata a Avraham. Una carta describe el cielo bajo el que alguien nació. El nombre, las obras, la tzedaká y el clamor —y para algunos, el lugar— pueden rasgar el decreto (Rosh Hashaná 16b). Es la misma regla que dejó Babel la semana pasada: el ciclo enseña a leer el tiempo, no a decretarlo.
Júpiter en el oriente
La Guemará sigue el diálogo un paso más. ¿Qué piensas? ¿Que Tzédek está en el occidente? Lo hago volver y lo pongo en el oriente. Tzédek es el nombre hebreo del planeta Júpiter. Y eso es lo que está escrito: «¿Quién despertó desde el oriente? Tzédek lo llama a sus pies» (Shabat 156a–b; Yeshayahu 41:2). El versículo está en la haftará de esta semana.
Rashi lee el mismo versículo sin astronomía: ¿quién despertó a Avraham para traerlo de Aram, que está en el oriente? Y la justicia que hacía iba al encuentro de sus pies dondequiera que iba (Rashi sobre Yeshayahu 41:2). Y el Zohar abre el comentario de Lej Lejá con otro versículo de la misma palabra: «amaste la justicia y odiaste la maldad» (Tehilim 45:8). Avraham quiso acercarse al Santo, bendito sea, y se acercó; porque amó la justicia, se le llama «Avraham, el que me ama» (Yeshayahu 41:8; Zohar, Lej Lejá 1:1–3).
Una sola palabra, tres lecturas. Para el Talmud, tzédek es el planeta que se mueve para que Avraham tenga un hijo. Para Rashi, la justicia que caminaba delante de él. Para el Zohar, lo que él amaba. En hebreo, Júpiter y la justicia se llaman igual.
La posición en el Gran Ciclo · sólo aquí
Lej Lejá se lee este año el Shabat 24 de octubre, 13 de Marjeshván de 5787, año en posición 11 de 19 del ciclo de intercalación #305 (AM 5777–5795), cuarto cuadrante, bisiesto de 385 días. La luna está gibosa creciente y se llena mañana domingo; el mazal de todo el mes es ♏ Akráv. Recorrida la base completa, Lej Lejá cae siempre en el segundo Shabat de Marjeshván, y sólo en cuatro fechas, que decide el día de la semana de Rosh Hashaná: el 8 (1.915 años, Rosh Hashaná en jueves), el 10 (690, en martes), el 11 (1.684, en lunes) o el 13 (1.715, en Shabat). Pasó en 5784, pasa en 5787 y volverá en 5788.
Y la base permite medir los 430 años del pacto entre las piezas. Según Rashi, de la noche del pacto al nacimiento de Yitzjak pasaron 30 años, y del nacimiento de Yitzjak a la salida de Egipto, 400 (Rashi sobre Shemot 12:40 y sobre Bereshit 15:13); y «en ese mismo día» quiere decir que el 15 de Nisán se decretó el pacto entre las piezas, el 15 de Nisán nació Yitzjak y el 15 de Nisán salieron (Rashi sobre Shemot 12:41). Según el Seder Olam, Avraham tenía setenta años en el pacto, volvió a Jarán y salió a los setenta y cinco (Seder Olam Rabá 1). Con la cronología tradicional —el pacto en AM 2018, Yitzjak en 2048, el Éxodo en 2448—, el calendario fijo proyectado pone del 15 de Nisán de 2018 al 15 de Nisán de 2448 exactamente 157.045 días: 22.435 semanas justas y 5.318 lunaciones. Las dos noches caen en martes. Del nacimiento de Yitzjak, un jueves, al Éxodo hay 146.088 días.
Y aquí la proyección se contradice con la tradición, y lo decimos: la Guemará enseña que el día en que salieron de Egipto era el quinto de la semana, un jueves (Shabat 87b), y el calendario calculado da martes. No es un error que haya que tapar: en tiempos del Éxodo los meses se fijaban por observación, y en esa misma página la Guemará discute si a Iyar de aquel año se le añadió un día.
Al ponerse el sol
«Y el sol estaba por ponerse, y un sopor cayó sobre Avram, y he aquí un pavor, una gran oscuridad, cayó sobre él. Y dijo a Avram: Sabe con certeza que tu descendencia será extranjera en una tierra que no es suya, y los esclavizarán y los afligirán cuatrocientos años.» Bereshit 15:12–13
¿Cuatrocientos años en Egipto? Rashi hace la cuenta y dice que no. Yitzjak tenía sesenta años cuando nació Yaakov, y Yaakov dijo al bajar a Egipto que tenía ciento treinta: ciento noventa. En Egipto estuvieron doscientos diez, como el valor de redú, «bajen». Suman cuatrocientos. Y si alguien dice que fueron cuatrocientos en Egipto, que sume los años de Kehat, que bajó con Yaakov, los de Amram y los ochenta de Moshé: no llegan (Rashi sobre Bereshit 15:13). Por eso el versículo no dice «en Egipto», sino «en una tierra que no es suya»: el exilio empieza con el primer hijo, que ya nace extranjero (Rashi sobre Bereshit 15:13).
La profecía más dura de la parashá llega al ponerse el sol, en una oscuridad que cae sobre Avram. La misma noche que le promete una descendencia como las estrellas le anuncia cuatro siglos de exilio. Y la cuenta empieza a correr el día en que nace el hijo.
«En ese mismo día»
Al final de la parashá, Avram tiene noventa y nueve años, y Dios se le revela con un nombre nuevo, El Shadái, y una orden: «anda delante de Mí y sé íntegro» (Bereshit 17:1). La semana pasada, de Nóaj se dijo que anduvo con Dios. Avraham anda delante.
Después vienen los nombres: «no se llamará más tu nombre Avram, sino que tu nombre será Avraham, porque padre de multitud de naciones te he hecho» (Bereshit 17:5); «a Sarai tu mujer no la llamarás Sarai, porque Sará es su nombre», y en seguida: «la bendeciré, y también te daré de ella un hijo» (Bereshit 17:15–16). Son exactamente los dos versículos con que Rosh Hashaná 16b prueba que el cambio de nombre rasga el decreto. Lo que Rashi dijo bajo las estrellas del capítulo 15 —«Yo los llamo con otro nombre, y el mazal cambia»— se cumple aquí, en el 17.
Y la parashá se cierra con la circuncisión: «en ese mismo día —be-étzem ha-yom ha-zé— fue circuncidado Avraham, y Yishmael su hijo» (Bereshit 17:26). Es la misma expresión que la Torá usa para el Éxodo: «y fue en ese mismo día que salieron todos los ejércitos del Eterno de la tierra de Egipto» (Shemot 12:41). El pacto que se sella en el cuerpo de Avraham y la salida que lo cumple llevan la misma fecha en el lenguaje.
«Los que esperan renovarán las fuerzas»
La haftará empieza justo después de un versículo que no se lee y que la explica: «alcen a lo alto sus ojos y vean quién creó estas cosas: el que saca por número su ejército, a todas las llama por su nombre» (Yeshayahu 40:26). Las estrellas que Avram no podía contar tienen, cada una, un nombre. Y entonces la queja: «¿por qué dices, Yaakov, y hablas, Israel: escondido está mi camino del Eterno?» (Yeshayahu 40:27). El que cuenta las estrellas por su nombre no ha perdido el camino de nadie.
La respuesta es para quien camina: «los que esperan en el Eterno renovarán las fuerzas, subirán con alas como águilas, correrán y no se cansarán, caminarán y no se fatigarán» (Yeshayahu 40:31). Y después, el nombre del que salió primero: «y tú, Israel, mi siervo, Yaakov, a quien elegí, descendencia de Avraham, el que me ama» (Yeshayahu 41:8). A Avram se le dijo bajo las estrellas: «no temas, Avram, Yo soy tu escudo» (Bereshit 15:1). A su descendencia, en la haftará: «no temas, porque contigo estoy» (Yeshayahu 41:10).
La semana próxima, Vayerá, empieza con Avraham sentado a la entrada de su tienda, en lo más caliente del día, y tres hombres de pie frente a él (Bereshit 18:1–2). Lo que aquí se prometió bajo las estrellas, allí se anuncia en la puerta de una tienda.
Shabat Shalom. Que sepamos leer el cielo sin quedarnos encerrados en él, y que el nombre que llevamos pese más que cualquier pronóstico.
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Fuentes de esta entrega: Bereshit 11:26–32; 11:31; 12:1–4; 15:1–5; 15:12–13; 17:1; 17:5; 17:15–16; 17:26; 18:1–2; 21:5 · Shemot 12:40–41 · Rashi sobre Bereshit 12:1, 12:2, 15:5 y 15:13 · Rashi sobre Shemot 12:40–41 · Rashi sobre Yeshayahu 41:2 · Bereshit Rabá 39:1 y 44:12 · Zohar, Lej Lejá 1:1–3, 5:22–25 y 9:62 · Talmud: Shabat 87b y 156a–b; Rosh Hashaná 16b; Bavá Batrá 16b · Seder Olam Rabá 1 · Yirmiyahu 10:2 · Tehilim 45:8 y 45:11 · Yeshayahu 40:26–31; 41:2, 41:8, 41:10 · Calendario: Hebcal (lectura y haftará) y gran_ciclo_hebreo.db.
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