ZOHAR LATINOAMÉRICA
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La Parashá de la Semana · Comentario de la Escuela

פָּרָשַׁת עֵקֶב

Ékev: lo que se pisa con el talón

18 de Av 5786 · 1 de agosto 2026 · Devarim 7:12 – 11:25 · Haftará: Yeshayahu 49:14 – 51:3

La parashá se llama por una palabra que casi nadie traduce dos veces. Dice el versículo:

«Y sucederá, ékev — como consecuencia de que escuchéis estas leyes, y las guardéis y las cumpláis…» Devarim 7:12

En el uso corriente, ékev significa «a consecuencia de», «por causa de». Pero Rashi se detiene ahí y lee la palabra por lo que es antes de ser una conjunción: ékev es el talón. Y con eso reescribe la frase entera: «si las mitzvot ligeras, las que el hombre pisa con sus talones, las escucháis…» (Rashi sobre Devarim 7:12).

No dice «si cumplís los mandamientos». Dice: si escucháis los que van por el suelo. Los que nadie mira. Los que uno pisa al pasar sin darse cuenta de que los pisó.

La bendición completa cuelga de lo más pequeño

Vale la pena notar dónde está puesta esta lectura. Toda la promesa que sigue — el pacto, la bondad, la fertilidad de la tierra, la salud, la victoria — cuelga gramaticalmente de esa primera palabra. Y Rashi decide que esa palabra no señala a los mandamientos solemnes, los que uno cumple con conciencia de estar cumpliendo, sino a los otros: los livianos, los sin prestigio, los que no se sienten.

Es una inversión de escala. Lo que sostiene el edificio no es la columna que se ve, sino el detalle bajo el pie. Y hay una lógica clara detrás: los mandamientos importantes se cumplen porque son importantes — el mérito ahí es dudoso, cualquiera reacciona ante lo grande. Lo que revela de veras a una persona es qué hace con lo que puede ignorar impunemente.

El pan que no basta

La parashá pasa enseguida a la memoria del desierto, y ahí explica su propia pedagogía:

«Y te afligió, y te hizo pasar hambre, y te alimentó con el maná que no conocías ni conocieron tus padres, para hacerte saber que no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca del Eterno vive el hombre.» Devarim 8:3

El versículo se cita mucho como si fuera un desprecio del pan. No lo es: dice «no sólo». El maná no vino a sustituir la comida, vino a hacerla transparente — cuarenta años de comer algo que era, cada mañana, evidentemente palabra antes que alimento. La lección no es que el cuerpo no importe. Es que el pan tampoco es sólo pan; ya era palabra antes de ser pan, y en el desierto se dejó ver.

Y comerás, y te saciarás, y bendecirás

Dos versículos después llega el mandamiento que la tradición convirtió en la bendición después de comer:

«Y comerás, y te saciarás, y bendecirás al Eterno tu Dios por la tierra buena que te ha dado.» Devarim 8:10

El Zohar abre su comentario a esta parashá exactamente aquí — cita «vehayá ékev tishme'ún» y salta de inmediato a «ve'ajaltá vesavatá uverajtá» — y define el precepto sin rodeos: bendecir al Santo, bendito sea, por todo lo que uno come, bebe y disfruta en este mundo. Y añade una advertencia dura: quien no bendice es llamado ladrón ante el Santo, y le aplica el versículo «el que roba a su padre y a su madre» (Mishlé 28:24). Porque las bendiciones que una persona pronuncia, explica, atraen vida desde la Fuente de la vida y hacen que ese flujo se derrame hacia todos los mundos (Zohar, Ékev 1, Ra'aya Mehemna).

Es una tesis económica, no ceremonial. No bendecir no es una omisión de cortesía: es tomar de un canal sin volver a abrirlo. Lo que la bendición hace no es agradecer un bien ya recibido — es sostener el conducto por el que ese bien sigue llegando.

Las semanas pasadas

Devarim enseñó que un defecto ofrecido en servicio se vuelve revelación. Vaetchanan mostró una súplica negada con las mismas letras que prometen abundancia. Ékev completa el movimiento hacia abajo: ahora lo que se revela no es el defecto ni la negación, sino lo insignificante — el mandamiento que se pisa, el bocado que se traga sin bendecir. Leer el comentario de Vaetchanan →

Cien veces al día

De esa misma lógica sale una de las prácticas más concretas del judaísmo. Más adelante la parashá pregunta:

«Y ahora, Israel, ¿qué — mah — pide el Eterno tu Dios de ti? Sólo que temas al Eterno tu Dios, que andes en todos sus caminos, que lo ames y que sirvas al Eterno tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma.» Devarim 10:12

Rabí Meir lee mah («qué») como me'á («cien»), y de ahí deriva la obligación de pronunciar cien bendiciones cada día (Talmud, Menajot 43b). La pregunta «¿qué pide de ti?» se contesta con un número, y el número es alto — pero cada una de esas cien es minúscula: unas pocas palabras antes de beber agua, al oler algo, al ponerse una ropa nueva. Cien actos que, uno por uno, no pesan nada. Otra vez el talón.

¿Y eso es todo lo que pide?

El Talmud se atraganta con el «sólo» del versículo. Rabí Janiná deriva de aquí uno de los principios más citados de toda la tradición — «todo está en manos del Cielo excepto el temor del Cielo» — y acto seguido la Guemará objeta: ¿acaso el temor del Cielo es cosa pequeña, para presentarlo como si Dios no pidiera nada? ¿No enseñó el mismo Rabí Janiná, en nombre de Rabí Shimón bar Yojái, que el Santo no tiene en su tesoro más tesoro que el del temor del Cielo? (Talmud, Berajot 33b).

La respuesta de la Guemará es una de las más humanas del Talmud: para Moshé sí era cosa pequeña. Y lo ilustra: a quien le piden un recipiente grande y lo tiene, le parece pequeño porque es suyo; a quien le piden uno chico y no lo tiene, le parece enorme. Moshé dice «sólo temer» porque él lo tenía. Del otro lado del versículo, el lector no lo tiene, y para él la misma palabra pesa el mundo.

Nótese lo que esto le hace a la parashá. Ékev nos enseñó a no despreciar lo pequeño porque en realidad es grande. Berajot 33b enseña lo inverso y complementario: cuidado con creer que algo es pequeño sólo porque a quien te lo pide le resulta fácil.

La posición en el Gran Ciclo · sólo aquí

Esta lectura de Ékev cae en el año 5786, posición 10 de 19 del ciclo de intercalación #305 — el mismo año consolidante que enmarcó Devarim y Vaetchanan. La luna de Av ya cruzó su plenitud: del día 11 en que se leyó Vaetchanan al día 18 de hoy, pasó por el lleno y empezó a menguar. Y en medio de las dos lecturas cayó el 15 de Av, de la que enseña la Mishná: «no hubo días tan buenos para Israel como el quince de Av y como Yom Kipur» (Taanit 26b). Seis días después del duelo más hondo del año, el día más alegre. El calendario no espera a que la herida cierre para volver a la alegría: las pone a seis días de distancia.

Sión dice que la olvidaron

La haftará de esta semana es la segunda de las siete de consuelo, y empieza rechazando el consuelo de la semana pasada:

«Y dijo Sión: me ha abandonado el Eterno, mi Señor me ha olvidado.» Yeshayahu 49:14

Un midrash antiguo pone esa frase en una lista incómoda: Adam se quejó del don que le dieron, Yaakov se quejó cuando su hijo llegó a gobernar Egipto, los del desierto se quejaron del alimento que se les escogía — «y también Sión hizo lo mismo conmigo», dice el Santo: me ocupé de quitar los reinos del mundo por ella, y ella se queja diciendo «el Eterno me ha abandonado» (Pesikta de-Rav Kahana 17).

El Talmud lee el mismo versículo con más ternura y hace la pregunta filológica obvia: «abandonar» y «olvidar» son lo mismo, ¿para qué decirlo dos veces? Responde Reish Lakish: la Congregación de Israel dijo ante el Santo — hasta un hombre que toma una segunda esposa recuerda las obras de la primera; Tú no sólo me abandonaste, me olvidaste (Berajot 32b).

La respuesta no es un argumento: es un inventario del cielo

Y entonces viene la contestación, que el Talmud desarrolla en la forma más inesperada. Dios no discute. Cuenta:

«Hija mía, doce constelaciones creé en el firmamento, y para cada constelación treinta ejércitos, y para cada ejército treinta legiones, y para cada legión treinta destacamentos, y para cada destacamento treinta campamentos, y de cada campamento colgué trescientas sesenta y cinco mil estrellas — según los días del año solar. Y todas ellas las creé sólo por ti. ¿Y tú dices que el Eterno te ha abandonado?» (Berajot 32b).

El texto de Yeshayahu remata con la imagen que todos recuerdan: «¿Acaso olvida una mujer a su bebé de pecho, deja de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque éstas olvidaran, Yo no te olvidaré» (Yeshayahu 49:15).

Aquí se cierra la semana, y se cierra en cruz. La parashá empieza en el talón — lo más bajo que tenemos, lo que roza el polvo — y dice: ahí está colgada la bendición entera. La haftará responde desde el otro extremo, en las estrellas, contadas por millones y por los días del año, y dice: todas fueron hechas por ti. Y entre las dos afirmaciones no hay contradicción, hay un solo principio leído de arriba y de abajo: nada de lo que parece insignificante lo es. Ni el mandamiento que pisas sin verlo, ni tú, cuando estás seguro de que te olvidaron.

Shabat Shalom. Que esta semana lo pequeño encuentre en nosotros quien lo levante del suelo.

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Fuentes de esta entrega: Devarim 7:12; 8:3; 8:10; 10:12 · Rashi sobre Devarim 7:12 y 10:12 · Zohar, Ékev 1 (Ra'aya Mehemna), con Mishlé 28:24 · Talmud: Menajot 43b, Berajot 33b, Berajot 32b, Taanit 26b · Yeshayahu 49:14–15 · Pesikta de-Rav Kahana 17.
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