ZOHAR LATINOAMÉRICA
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Esta es la entrega archivada de Reé (5786). Lee la parashá de esta semana →

La Parashá de la Semana · Comentario de la Escuela

פָּרָשַׁת רְאֵה

Reé: la elección que se pone delante de los ojos

25 de Av 5786 · 8 de agosto 2026 · Devarim 11:26 – 16:17 · Haftará: Yeshayahu 54:11 – 55:5

La parashá se abre con una orden de mirar — y es de las pocas veces que la Torá le pide a un pueblo entero, en singular, que abra los ojos:

«Ve — Reé —, yo pongo hoy delante de vosotros bendición y maldición: la bendición, si escucháis los mandamientos del Eterno vuestro Dios que yo os mando hoy; y la maldición, si no escucháis…» Devarim 11:26–28

Todo el discurso de Devarim ha sido construido sobre un verbo de oído: «escucha, Israel». El Shemá mismo es una orden de oír. Pero la parashá de esta semana no empieza con «escucha»: empieza con «mira». Y Rashi se detiene en ese detalle gramatical que parece menor: el verbo está en singular. «En todo lugar donde encuentres "ver" en singular — explica —, es porque Moshé les habló así para enseñarles que cada uno vea por sí mismo y entienda con su propia mente para elegir el buen camino» (Rashi sobre Devarim 11:26).

El oído es hereditario: se escucha lo que enseñaron, lo que se recibe de otros. La vista no se hereda. Nadie puede ver por ti. Y por eso la elección entre la bendición y la maldición no se anuncia en plural — «mirad, os pongo» — sino en singular: , el que está leyendo esto, mira. La elección no es un hecho del pueblo: es un hecho de cada uno de los que lo componen.

La elección no es un principio: es un lugar

Tres versículos después, la Torá baja la elección del plano de las ideas y la planta sobre la geografía:

«Y será, cuando el Eterno tu Dios te haya traído a la tierra a la que vas para poseerla… darás la bendición sobre el monte Gerizim y la maldición sobre el monte Ebal.» Devarim 11:29

Los dos montes están frente a frente, separados por un valle, casi iguales. La bendición y la maldición no son dos caminos lejanos entre los que hay que viajar: son dos colinas contiguas, y uno está parado en el valle entre ellas. El Zohar abre su comentario a esta parashá exactamente aquí, en la elección puesta ante el ser humano, y lee en ella el punto donde la criatura se vuelve semejante a su Creador: porque sólo el que puede elegir decide, y sólo el que decide es responsable (Zohar, Reé 3:95a).

Nótese el tiempo del versículo de apertura: «yo pongo hoy». No «puse», no «pondré». La elección no se hizo una vez en el desierto — se hace cada día, y el texto lo dice con la palabra que los sabios leen como la marca de lo actual: hayom, hoy. El monte Gerizim y el monte Ebal quedaron en la historia; el valle entre la bendición y la maldición se recorre todos los días.

Del «mira» al «no te hagas el que no vio»

Unos capítulos más adelante, la misma parashá vuelve sobre la vista — pero esta vez para nombrar su fracaso:

«No verás el buey de tu hermano o su oveja descarriados, y te ocultarás de ellos — vehit'alámta mehém —: devolverás, los devolverás a tu hermano… Y así harás con todo objeto perdido de tu hermano que se pierda y tú lo encuentres: no podrás hacerte el ausente.» Devarim 22:1–3

Hay una palabra en hebreo para el gesto exacto de quien vio y elige no haber visto: lehit'alem, hacerse el ausente, borrarse del lugar de los hechos. La ley de la cosa perdida no castiga al que no la vio — eso no se puede exigir. Castiga al que la vio y se volvió un ausente. Fíjate en la estructura: la parashá que empezó ordenando «mira» usa, cinco capítulos después, la misma raíz de la vista para definir el pecado. No es no ver: es haber visto y negarlo. Otra vez la elección, ahora en su forma más silenciosa: la bendición y la maldición de cada día se deciden, casi siempre, en ese instante en que uno elige si lo que pasó delante de sus ojos fue un hecho o un parpadeo.

Lo que la letra de la ley no alcanza

El Talmud lleva la misma escena un paso más allá. Sobre el versículo que ordena devolver la cosa perdida — «devolverás, los devolverás», hashev teshivem — la Guemará discute hasta dónde llega la obligación, y en medio de la discusión Rabí Yojanán suelta la sentencia más dura del tratado:

«Jerusalén no fue destruida sino porque juzgaron en ella conforme a la ley de la Torá y no fueron más allá de la línea de la ley — lifnim mishurat hadinTalmud, Bava Metzia 30b

Es una frase que descoloca. ¿Juzgar conforme a la Torá no era lo correcto? Sí — y por eso la frase es tan dura. El Talmud dice que una sociedad que se limita a lo que la ley exige con exactitud, y no da un paso más allá de la línea, se queda sin aire: la justicia que nunca se excede deja de ser justicia y se vuelve un instrumento de medir. El que devuelve lo perdido porque la ley se lo ordena cumple. El que devuelve lo perdido porque vio — y porque le dolía el extravío ajeno — está ya del otro lado de la línea. La parashá abre con «mira» y cierra este movimiento con la advertencia de que el simple hecho de mirar bien, sin el paso extra del corazón, no alcanza para sostener una ciudad.

Las semanas pasadas

Devarim enseñó que un defecto ofrecido en servicio se vuelve revelación. Vaetchanan mostró una súplica negada con las mismas letras que prometen abundancia. Ékev puso la bendición entera en lo que se pisa sin ver. Reé da el paso siguiente: ahora la bendición está delante de los ojos, y la única pregunta que queda es si vamos a mirarla. Leer el comentario de Ékev →

El único cálculo que la Torá permite comprobar

De entre todas las elecciones de esta parashá, hay una que la Torá misma permite poner a prueba. Primero el mandamiento:

«Diezmarás, diezmarás — aser te'aser — todo el producto de tu siembra, lo que salga de tu campo, año por año…» Devarim 14:22

La regla general del pueblo es no poner a Dios a prueba: «no tentaréis al Eterno vuestro Dios» (Devarim 6:16). Pero el Talmud deja registrado que de esa regla hay una excepción célebre, apoyada en Malaji 3:10 — «ponedme a prueba en esto» — y la cuenta se hace sobre esta misma parashá. Cuenta la Guemará que Rabí Yojanán encontró al hijo pequeño de Reish Lakish y le preguntó qué versículo había estudiado ese día. «"Diezmarás, diezmarás"», respondió el niño. Y Rabí Yojanán le enseñó: «Diezma — aser — para que te enriquezcas — shetitasher» (Talmud, Taanit 9a).

Conviene leerlo con cuidado, porque no es un evangelio de prosperidad. Es una afirmación más precisa: de todas las cuentas de la vida, la única que la Torá permite auditar es la del diezmo — la única en la que el que da puede comprobar el resultado. Porque el diezmo no se da de lo que sobra: se da de lo que entra, antes de saber si alcanza. Y la promesa no es que el que da se enriquezca: es que el que da puede poner a prueba al Dueño del campo, cosa que en ningún otro terreno de la vida está permitido hacer.

Del ver al ser visto

La parashá termina donde empezó, pero con la vista invertida. El final es la lista de las tres fiestas, y en su centro está el versículo que cierra el círculo:

«Tres veces al año se presentará — yera'é — todo varón tuyo ante el Eterno tu Dios, en el lugar que Él elija: en la fiesta de los Ázimos, en la fiesta de las Semanas y en la fiesta de las Cabañas. Y no se presentará — lo yera'ú — ante el Eterno vacío.» Devarim 16:16

La raíz es la misma que la primera palabra de la parashá. Reé fue «mira»; ahora el verbo se vuelve pasivo y sagrado: yera'é, ser visto, comparecer. La parashá que abrió mandando a mirar cierra mandando a dejarse mirar — y añade el detalle decisivo: nadie sube a ser visto vacío. El que sube lleva algo en las manos. Lo que se puso «delante de tus ojos» al principio — la bendición — se convierte, al final, en lo que uno lleva para presentarse ante el Rey.

Es el movimiento completo de estas siete semanas: primero aprendimos a escuchar, luego a mirar, y ahora a ser vistos. La elección, la mirada, el don.

La posición en el Gran Ciclo · sólo aquí

Esta lectura de Reé cae en el año 5786, posición 10 de 19 del ciclo de intercalación #305 — el mismo año consolidante que viene enmarcando estas semanas. La luna de Av está en su día 25 de 30: menguante, ya casi apagada. Dentro de seis días, el 1 de Elul, quedará invisible para volver a nacer. Y esta parashá, la que abre con una orden de vista, se lee exactamente cuando el cielo visible se está quedando sin luz: el calendario enseña en paralelo lo que el texto enseña — lo que desaparece de los ojos no se ha perdido; está por renacer. Elul es el mes en que la luna vuelve a ser vista, y el mes en que el año entero empieza a girar hacia los días de juicio. La elección del valle entre Gerizim y Ebal se repite, literalmente, cada mes: entre la luna que muere y la que nace.

La ciudad que se ve al final

La haftará de esta semana es la tercera de las siete de consuelo, y empieza nombrando a la que no ha sido consolada:

«Pobrecita, batida por la tormenta, no consolada: he aquí que yo asiento tus piedras sobre antimonio y te fundaré sobre zafiros.» Yeshayahu 54:11

La imagen cambia la escala de todo lo anterior. La semana pasada el consuelo fue un censo de estrellas contadas por los días del año; esta semana es una ciudad levantada piedra por piedra, con el diseño de la belleza: la base de zafiro, los muros de piedras preciosas. Y en el centro de esa ciudad reconstruida está el versículo que el Talmud convierte en una de sus derashot más queridas:

«Y todos tus hijos serán discípulos del Eterno, y grande será la paz de tus hijos.» Yeshayahu 54:13

Sobre este versículo enseña la Guemará: «No leas banayich — tus hijos — sino bonayich — tus constructores» (Talmud, Berajot 64a). Los hijos que estudian son los que edifican la ciudad: la paz de Jerusalén no se pone con piedras, se pone con discípulos. La ciudad que se ve al final de esta parashá no es un plano de arquitectura: es una escuela.

Y así se cierra la semana, y se cierra el círculo que abrió en el primer versículo. La parashá empezó con una bendición puesta «delante de los ojos»; la haftará termina mostrando qué es lo que se ve cuando alguien se atreve a mirarla de verdad: no una colina más entre dos, sino una ciudad entera, levantada sobre zafiros por los que estudiaron. Lo que estaba delante de los ojos desde el principio — la elección, el valle, la colina de la bendición — resultó ser, visto hasta el final, la ciudad del futuro. Ver era el primer mandamiento. No hacerse el ausente, el segundo. Y al final, ser visto — y no subir vacío — es la meta de los tres.

Shabat Shalom. Que esta semana nos encuentre mirando lo que tenemos delante — y devolviendo lo que vimos perdido.

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Fuentes de esta entrega: Devarim 11:26–29; 14:22; 16:16; 22:1–3 · Rashi sobre Devarim 11:26 · Zohar, Reé 3:95a · Talmud: Taanit 9a (con Malaji 3:10), Bava Metzia 30b, Berajot 64a · Yeshayahu 54:11–13.
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